La patraña del tesoro de la lengua

Supongo que por casualidad, durante el último año he dado con varias citas entorno a la idea de que la Lengua (española, catalana, francesa, da igual) es una especie de tesoro espiritual que debemos proteger con celo y amar más que a Jesucristo. Era una idea sobre la que nunca me había parado a reflexionar, en general me daba absolutamente igual. Se supone que es un pecado que un lector-escritor diga esto. Lo siento. En todo caso, seguro que no soy el único.

Bueno, conozco a varios escritores y lectores que se sienten así de protectores y amantes respecto a su lengua. Seguro que hay miles ahí fuera. Me parece muy bien. La idea es deliciosa en sí misma, porque implica un alto grado de civilización, eso de amar un producto cultural. Entramos en el plano de lo artístico e inmaterial, lo divino. Porque esto del arte es tan abstracto que no tenemos ni puta idea de dónde viene, ni por qué se nos ocurren ciertos cuadros, o ciertas piezas, o ciertos libros maravillosos. Es algo mistérico y elegante, emocionante, genial.
Pero oye, no sé si será por lo caliente que está todo estos últimos años, pero a mí me empieza a tocar las narices ya el rollo del tesoro de la lengua. Tengo la sensación de que se ha sobredimensionado tanto la Lengua que la hemos convertido en un hinchado monstruo grotesco. Como si el idioma concreto en el que habla una sociedad fuera su grado de “calidad”. Si hablas en uno molas mucho y si hablas en otro eres un mierda. ¡Mi lengua es mejor! El idioma como Denominación de Origen, como si fuera un vinito.
Y parece que se nos olvida que los idiomas son, ante todo, una herramienta.
La mejor herramienta que ha inventado el hombre, por cierto. Y en vez de usarla inteligentemente, nos hacemos pajas pensando en ella.
Todo esto viene a cuento de una entrevista que le leí a Vargas Llosa y que, sintiéndolo mucho, no he conseguido encontrar para dejaros el enlace (si es que era digital, cosa que ni recuerdo, lo mismo lo leí en el periódico tomándome un café en el chino). En esta entrevista, Vargas Llosa venía a decir que sí, que la llegada de los españoles a América fue una catástrofe, pero que “al menos nos habían dejado el tesoro de esta lengua maravillosa que es la castellana”, o algo así. Aquello me dejó helado. Y tiene cojones que lo diga un peruano, pero se lo he oído también a muchos españoles. Y yo me pregunto: ¿qué coño tendrá que ver la velocidad con el tocino?
Vamos a ver: los españoles llegamos allí y nos cepillamos a una importante parte de la población a base de enfermedades. Cosa que tampoco podíamos saber, es cierto, pero que no evita esas muertes. Para repoblar, secuestramos negros de África. Les explotamos a todos como nos dio la gana. Saqueamos sus recursos naturales. Destruimos su cultura. Es evidente que fue una catástrofe. ¿Cómo compensa eso el conocer la lengua castellana? ¿Hace intrínsecamente más felices a los latinoamericanos? ¿Es mejor escritor Vargas Llosa por escribir en español? ¿Si escribiera en mapuche, sería un mierdezuelas? ¿Por qué insistimos en disculpar nuestra acojonante actuación colonial? Ya sé que eran otros tiempos, que claro, que entonces, bla bla bla, lo sé. Pero no vivimos entonces. Vivimos ahora. Con nuestra cultura y nuestra concepción de la humanidad. Es en el ahora donde tenemos que aplicar lo que aprendemos de la historia.
Nosotros nos hemos quedado a medio camino del proceso completo de análisis histórico. Hemos revisitado el pasado y hemos tratado de entender cómo pensaban y por qué hacían lo que hacían. Y, horrorizados, hemos comprendido lo que pasaba por sus cabeza… pero en vez de hacer el viaje de vuelta y aplicar todos estos errores a nuestro presente para intentar vivir mejor, nos hemos quedado allí, justificándoles magnánimos desde nuestro civilizado mundo actual.
Pobrecitos, ellos, estos medievales, estos modernos, tan salvajes, tan ignorantes y violentos. Menos mal que nosotros ya no somos así.
Y una mierda.
De hecho, ahí tienes el único beneficio que han obtenido los latinoamericanos de conocer el español: poder viajar a la “madre patria” a buscar trabajo. Y encontrarse con un país ruinoso y decepcionante donde ni siquiera son bienvenidos. Todo un chollo.

No tengo nada contra los ardientes amantes de la lengua. Al contrario: es gracias a ellos que encontramos esas novelas tan impresionantes. Esa riqueza en formas y construcciones lingüísticas. Tiene que haber gente que trabaje la lengua, que la moldee con la precisión y la fuerza de un herrero. Pero la lengua no es sólo belleza: es información. La belleza de la lengua es el lubricante que le ponemos a las ideas para que penetren mejor en el lector. Y en estos tiempos oscuros, es cuando más necesitamos de buenas ideas bien escritas (o dichas). Paralelamente, lo que menos necesitamos ahora es darle a la lengua un uso equivocado, vinculado a sentimientos nacionales. Y es lo que ocurre con muchísimos idiomas, entre ellos los nuestros.

En cuanto al ejemplo del castellano, supongo que este fervor lingüístico es un poso del viejo sentimiento imperial. Aquella España que dominaba el mundo, y en la que cuando ya no pintábamos para nadie, aún sacábamos pecho de lo chulos que éramos los españoles. No hay más que mirarnos para darnos cuenta de que somos pollos resucitados. Y con la misma insolencia con que expandíamos el cristianismo como la mejor religión que se podía propagar, inoculamos otra lengua en una cultura suponiéndola mejor y más elevada que la suplantada. Yo aún no he visto pruebas de que el castellano sea “más bueno” que el inglés o el catalán. Ni al revés. ¿Qué más da? Dios mío, es que es estúpido.
Lo más cachondo del asunto es que a algunos de los que se llenan la boca con el tesoro de la lengua española, les jode muchísimo que vengan aquí sus descendientes lingüísticos. ¿Para qué coño le enseñas un idioma a alguien con quien no quieres hablar? Y hay otros amantes del idioma aún más chungos: los que en vez de defender las lenguas como herramienta que hay que cuidar y mimar, defienden sólo la suya, por encima incluso de las demás. Es el caso del castellano y el catalán aquí en España, algo totalmente delirante. Se han inventado un conflicto social donde no lo hay, porque normalmente la gente usa la lengua para comunicarse, y punto. El conflicto es intelectual, y está planteado en términos inadecuados porque apelan al sentimiento nacional. Rara vez se pondrán de acuerdo dos padres sobre cuál de sus hijas es la más guapa.

Sin embargo, lo más conveniente es que exista una gran diversidad de lenguas (aunque luego existan las dominantes como vehículos generales de la humanidad). El idioma es un reflejo de las estructuras mentales de la sociedad que lo ha inventado, y una vez inventado moldea el pensamiento de esa misma sociedad, en una especie de feedback infinito. Lo más deseable, entonces, es que existan de forma consistente la mayor cantidad de idiomas posibles: una gran variedad de ideas es la clave de nuestro desarrollo. Diferentes formas de pensar, traducidas una y otra vez hasta llegar a todo el planeta.
Desde esta perspectiva, totalmente alejada del sentimiento nacional, uno se miraría los idiomas casi en un laboratorio, con una báscula científica que midiera hasta el último puto microgramo de peso lingüístico. Si el castellano lo hablan muchísimos millones de personas en el mundo, y el catalán unos pocos millones… ¿Qué problema hay con que se intente que casi todo el mundo en Cataluña lo hable? ¿Se va a morir alguien? ¿Va a desaparecer el castellano? Además, ¿qué más da? ¡Lo importante es comunicar ideas! ¿Qué coño importa el idioma en el que se escriban?
Todo el puñetero problema viene de… la política.
Como siempre.
Es como una pesadilla, mires donde mires, siempre hay políticos jodiéndolo todo. Qué harto estoy.

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