Belfondo como novela icónica

Existen novelas que le sientan como un guante a la generación que coincide con ellas en el tiempo.
No sé si usar aquí el término “novela generacional”. Porque esta clase de términos suele referirse más bien a los paralelismos de temas entre escritores, como si el mundo de la literatura únicamente perteneciera a esos escritores, como si la gente que no escribe, que “sólo lee”, no contara para definir un libro que, de todos modos, va dirigido a ellos.
¿Qué término usar, entonces, para definir Belfondo?
¿No me dejas usar “novela generacional”?
¿Qué tal “novela icónica”?
Como llevaba una larga cola de lecturas pendientes, no le eché mano a Belfondo hasta este verano. Me la llevé a la playa y la liquidé en un par de horas. Me dejó un extraño sabor de boca: me había parecido excelente, pero había algo más ahí dentro, algo que me llamaba y no sabía qué era.
Lo olvidé.
Recogimos los bártulos y volvimos a casa desde la playa, preparé una ensaladilla, y seguí con mis cosas, mi nuevo libro, las noticias, el blog, el trabajo, el mundo, tan jodido y loco. Pasaron los días, y estos son días de charla, amigos. Suceden tantas cosas en el país y en el planeta que la conversación y el pensamiento es inevitable. La discusión, el preguntarse qué somos y qué nos está ocurriendo.
Y una noche, dándole vueltas a todo esto, recordé Belfondo y encontré lo que en un primer momento no había sabido encontrar: que en Belfondo me describían. A mí y a muchos.

Belfondo es un pueblo tan extraño y etéreo que es absolutamente común. Todos sus habitantes están ahí atrapados, han caído en la telaraña sutil del amo. No son infelices, ni son felices. Viven sus vidas a caballo entre la rutina y la confusión, esconden secretos, guardan bondades, miedos, inquinas, dudas. Y nunca escapan. No hay verjas ni muros ni guardias, escapar es posible, pero no lo hacen. No sé por qué. Sólo están ahí, trabajando y pensando en el amo. Ese amo, que es un tirano benévolo, que lo controla todo.
Y a mí me parece que no hay mejor forma de describirnos.
Nuestra generación es una generación de belfondistas: estamos aquí, trabajando, pasando los días. A veces disfrutamos de nuestras obligaciones, otras veces ni siquiera sabemos qué coño estamos haciendo. Ocurren cosas para las que no estamos preparados, y acudimos corriendo al amo para que nos de soluciones. Y viene gente desde el exterior, nos cuentan que en otros pueblos se hacen cosas diferentes, y nosotros decimos “ohh”, o quizá “ahh”, y luego nos abrochamos la chaqueta y volvemos al curro, o a casa. A algunos, Dios les habla bajo una ventana. Y entretanto, el amo manda. Pero han llegado los tiempos del cambio, y ahora cada vez somos más los que nos preguntamos qué ocurre en nuestro Belfondo, por qué el amo hace lo que hace, y por qué tenemos que aceptarlo. El reloj de la torre ya no marca las horas con la misma precisión: algún pícaro ha decidido retrasarlo de vez en cuando.
Romper la rutina nos rompió los esquemas, y ahora miramos a los caminos y entendemos que la única verja que nos separa de la libertad es el valor. El valor de pensar, de decidir, de vivir. Empezamos a comprender que el amo no sirve, que no es la respuesta, y que incluso si sus intenciones son buenas, el resultado es la castración espiritual.

Durante toda mi vida he alardeado de querer vivir en libertad, y de tanto alardear quedé atrapado en el mismo barro que los demás hombres. Un barro cómodo y confortante al que podría llamar Belfondo. En ese barro mis pies se quedaron atorados, y seguí los designios del amo, y poseído por el espíritu de Beremunda le expliqué a la gente esas cosas que yo veía “fuera”… cuando en realidad, siempre estuve “dentro”.
Pero ya no más.
Es hora de echarse el petate al hombro, calzarse, y andar el camino que sale de Belfondo. No vale la pena despedirse del amo: él nunca entendería.

No sé qué pretendía Jenn Díaz al escribir este libro. Siempre me he sentido como un gilipollas a la hora de hacer lecturas profundas de una novela. ¿Qué sabemos nosotros sobre lo que pasa por la cabeza de éste o aquel escritor? ¿Por que hemos de asumir que Cervantes quería mostrar esto, o quería ridiculizar aquello? ¿Y si no pretendía nada? ¿Y si sólo escribía lo primero que le pasaba por la cabeza? A lo mejor Díaz lee este post y se lleva las manos a la cabeza. “¿Pero este tío es que no sabe leer o qué? ¡Es evidente lo que yo quería decir!”
No sé qué pretendía Jenn Díaz, repito, pero en realidad (y ya me perdonará la autora), me da igual. Los libros no sólo son un viaje, son la vida, o pueden serlo. Importa tanto lo que dicen, como lo que tú crees que dicen.
Y con su magia difusa, con esa niebla imperceptible que cubre todo el pueblo, con ese ambiente tranquilo y agradable que sigue siendo cárcel, Belfondo puede resultar casi cualquier cosa que desees que sea. Sólo te digo que la leas. Puede que no te diga nada: no te preocupes, no habrás perdido el tiempo. Está excelentemente escrita, una de esas novelas con frases y párrafos para enmarcar y colgarlos en una pared del despacho.
Pero a lo mejor te dice algo, o a lo mejor días después te pasará como a mí: estarás viendo las noticias, o charlando con alguien, y verás que sí, que Belfondo somos nosotros.
En esta época de dudas, en este país miserable, no se me ocurre una novela que describa mejor y de forma más sutil nuestro sentir, nuestra culpa, y las esperanzas de nuestro tiempo.

Si eso no es una novela icónica, si no es una novela generacional, que baje Dios (o que trepe por la ventana) y lo vea.

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